La Cuerda: Diez años dando cuerda al feminismo en Guatemala
Por
Ana Silvia Monzón
Sea por resistencia, hostilidad o ignorancia, el feminismo ha tenido mala fama en nuestro entorno. Por eso la decisión de nombrarse feministas y, más aún, de fundar hace una década un medio escrito que divulgara una mirada feminista de la realidad, ha sido una transgresión mayor que hoy celebramos en Guatemala.
Y como parte de esa celebración, reconocemos el camino andado, los aportes del feminismo y las feministas en diversos espacios en estos diez años.
En la academia ahora se nombra, con distintos énfasis, a las mujeres y se investiga sobre su condición y situación, como lo muestran las conferencias, congresos, algunos cursos, programas de investigación y estudios, ciertamente insuficientes todavía, que las priorizan como sujetas de análisis. Si bien es difícil remontar tres siglos de una academia que nació escolástica, y que ahora se debate entre una vocación humanista y el mercado globalizado, se han abierto brechas para ir develando el androcentrismo y el etnocentrismo del conocimiento. La designación, en 2004, de la primera rectora de una universidad en el país y de una universidad jesuita en Latinoamérica, Guillermina Herrera, quien se identifica como feminista, es un hito en nuestra historia y señal de que el feminismo está avanzando.
En las artes y la literatura, vetadas por siglos a las mujeres, hoy se escuchan sus voces, se leen sus escritos y sus versos, se aprecian sus pinturas, esculturas, su música, sus producciones fotográficas, fílmicas y de teatro. Estas y otras expresiones se han nutrido, consciente o inconscientemente, de los gestos transgresores feministas que siempre han denunciado el privilegio masculino para crear y trascender. Ahora, muchas más irrumpen como creadoras, se atreven a nombrar y recrear el mundo.
En contraste, en los medios de comunicación el feminismo continúa sin ser tomado en serio. El mundo de los códigos gráficos, hablados y escritos aún se resiste a ampliar sus visiones. Son masculinas las voces, las imágenes, el lenguaje que dicta la agenda mediática, que nombra lo relevante. Las mujeres aún somos presentadas en los medios desde los estereotipos. Nuestra palabra es descalificada y/o solamente tolerada.
Y sin embargo las mujeres hablan y escriben, unas más y otras menos identificadas con el feminismo, marcan diferencias en los enfoques, los temas, las formas lingüísticas, estéticas y éticas. Y esa apropiación de la voz ha venido aparejada, en gran medida, con el histórico reclamo de las mujeres para ser, pensar, hacer y decir desafiando la tutela patriarcal.
Parte de ese desafío es que el sentido profundo de la frase “lo personal es político” encuentra eco, además, en los miles de gestos transgresores en la cotidianidad: la apuesta, si bien tímida todavía, de vivir en relaciones de pareja con equidad, la balbuceante resignificación de las maternidades, el asumir otras sexualidades, enunciar otras espiritualidades y otras experiencias sanadoras desde las mujeres.
Fuerza de lo colectivo
Las ideas del feminismo, aunque de manera incipiente, también han permeado las añejas estructuras y formas de los espacios públicos, donde aunque sea por la corrección política acuñada por movimientos amplios de mujeres y bajo su ojo vigilante, se han abierto rendijas para que algunas leyes e instituciones incorporen las demandas de las ciudadanas que, de muchas formas, ahora reclaman reconocimiento, representación, justicia y equidad. En los espacios locales, en la aldea, el municipio, el feminismo traducido en clave de derechos para las humanas abre mentes, convoca a la acción. Son brechas apenas, pero una mujer que prueba las mieles de la autonomía y la fuerza que da el trabajo colectivo entre mujeres difícilmente volverá atrás.
En los movimientos sociales, su vocación transformadora se ha visto confrontada por mujeres herederas de centenarias luchas feministas, que han tomado conciencia de sus derechos. Ellas, después de descubrir que las particularidades de su opresión se diluyen si no son nombradas, afirman ahora que sus derechos deben formar parte de las reivindicaciones históricas a la tierra, al trabajo, a la participación y a la vida digna, a las que se suman los reclamos por un ambiente sano, el fin del racismo y la erradicación de la violencia, luchas en las que miles de mujeres, como los hombres, también han comprometido sus vidas.
Los movimientos de mujeres, cada vez más diversos, igualmente han recibido, no sin tensiones y contradicciones, las claves feministas para ir corriendo el velo de sus identidades, expresar sus malestares, nombrar sus necesidades e intereses, elaborar agendas todavía mínimas e interpelar a los poderes patriarcales. Y esas voces también se han expresado en las calles, donde las mujeres han tomado la palabra y se han rebelado contra jerarquías religiosas que las han condenado a la hoguera y las han sentenciado a parir con dolor. La frase “fuera sus rosarios de nuestros ovarios”, lanzada en 2005 para exigir que las mujeres decidan sobre sus cuerpos, es representativa de esa ruptura con el arcaico conservadurismo que ha conformado a la sociedad guatemalteca.
En nuestro país, estos movimientos se debaten entre las reivindicaciones básicas a la educación, la salud, la vida, el trabajo, los derechos humanos, o la transformación total de culturas y jerarquías patriarcales, racistas, clasistas y homofóbicas, que propone el feminismo.
En esa dinámica se ha descubierto que no existe un feminismo en singular, que ahora éste se conjuga en plural. Que pasamos de “la mirada” a “las miradas feministas de la realidad”, como plantea el nuevo eslogan de laCuerda. Frase que capta un rasgo significativo de esta década: que estamos en los albores, si lo asumimos con creatividad, confianza y compromiso, de la construcción de feminismos propios, incluyentes de la diversidad étnico-cultural, generacional, teórica y política. Sigamos “dando cuerda” a los feminismos.